Quiénes somos

Dos fundadores —desarrollo y negocio por un lado, marketing y comunicación por el otro— más una red de especialistas que se activa según el alcance de cada proyecto. No somos una agencia grande y no lo disimulamos: lo que ganas es que quien analiza tu caso es quien lo construye y quien responde por el resultado, sin cadena de subcontratas.

Trabajamos como un equipo de producto y negocio, y eso se nota en el orden: primero datos reales de demanda —qué busca la gente, cuánto volumen hay y cómo formula esa necesidad— y solo después se decide qué construir. Y se construye un sistema conectado —web, posicionamiento, campañas, agentes y sistemas de gestión— en lugar de herramientas sueltas que luego nadie junta. Se definen métricas desde el principio, y si algo no mueve el negocio, se cambia.

Sí. El caso mejor probado es el del sector salud: negocios con web en código nativo, posicionamiento y campañas de Google Ads, con un aumento real de su flujo de pacientes. Los verás en la portada, con su logotipo. Y tienes delante el ejemplo más honesto: esta misma web y el agente de IA que la atiende son productos de K3A, hechos con lo que vendemos.

Trabajamos en español con negocios de España y de Latinoamérica, y todo es en remoto: no hace falta que estemos en tu ciudad. Por eso la página de precios lleva dos listas, una por mercado — dónde está tu proyecto cambia lo que cuesta operar, y preferimos decirlo de frente antes que esconderlo dentro de un presupuesto.

Todo lo tuyo, y ya lo era desde el primer día: el dominio, el código y las cuentas de Google están a tu nombre, y K3A trabaja con accesos delegados, nunca con tus contraseñas. Si la relación termina, te quedas con las cuentas, con todo su historial y con el trabajo hecho. Es una decisión deliberada: preferimos que te quedes porque el trabajo funciona.

Posicionamiento SEO y GEO

No. GEO es Generative Engine Optimization: trabajar para que las IA que responden preguntas y recomiendan soluciones —ChatGPT, Gemini, Perplexity— te citen y te enlacen cuando alguien les pregunta por lo que vendes. Y no es solo que te nombren: cada vez responden con listas de recomendaciones enlazadas, así que estar dentro de esa lista trae visitas igual que estarlo en Google. El SEO te coloca en la lista de resultados; el GEO te coloca dentro de la respuesta. Se trabajan juntos, sobre la misma web y el mismo contenido.

Meses, no semanas, y es mejor saberlo antes de empezar que después: el posicionamiento orgánico madura con el tiempo y no hay forma honesta de acelerarlo. Lo que sí se ve pronto es el trabajo —la investigación, las correcciones técnicas y los primeros movimientos en los informes—. Y si necesitas clientes esta semana, eso lo traen las campañas de Google Ads mientras el orgánico crece.

No. Las posiciones las decide el algoritmo de Google, cambian solas y nadie de fuera las controla: quien trabaja tu web influye en ellas, no las manda. Lo que sí se compromete es el trabajo y los números: investigación con datos reales de demanda, correcciones técnicas, contenido pensado para que te citen y medición continua. Si algo no mueve el negocio, se cambia, y los datos los tienes delante para comprobarlo tú mismo.

Los anuncios traen clientes desde el primer día y dejan de traerlos el día que paras de pagar. El posicionamiento tarda meses, pero las visitas que consigue no se pagan y siguen llegando después. No son alternativas: lo habitual es encender los anuncios para tener movimiento mientras el posicionamiento madura, y depender cada vez menos de ellos. Si hoy solo puedes con uno, se decide con los datos de tu mercado, no por norma.

Es el estudio del mercado digital que se hace antes de tocar nada: qué busca la gente en tu sector, cuánto volumen real existe y cómo formula esa necesidad. De ahí sale la estrategia, y de ahí sale también la respuesta honesta a si merece la pena seguir. Se cobra aparte porque es trabajo que vale por sí solo: te quedas con el estudio aunque no continúes. Y es descontable si después contratas otros productos, en las condiciones que verás en la página de precios.

Agentes de IA

Un chatbot elige entre respuestas escritas de antemano. Un agente razona con el conocimiento de tu negocio cargado dentro y además actúa: agenda en tu calendario, apunta en una hoja de cálculo, envía el correo. Atiende por chat, por notas de voz y por llamada, a cualquier hora, y lleva guardianes de seguridad para no salirse de lo que le has autorizado.

No se usan para entrenar modelos, y eso no es una promesa nuestra: es una característica del servicio empresarial de Vertex AI, de Google, distinta de las versiones de consumo que usa el público. Los datos siguen siendo tuyos —tú decides para qué se tratan— y K3A trabaja como encargado del tratamiento, con un contrato por escrito que fija lo que se puede y lo que no se puede hacer con ellos. Cada cliente queda aislado del resto en la base de datos, y el agente no pide datos de salud ni de ninguna otra categoría especial. Si firmas, se te entrega además la ficha técnica completa: dónde se procesa, quién interviene y cuánto se conserva. Lo que no hacemos es redactarte tu política de privacidad: te damos los hechos y eso lo revisa tu asesor.

Contraseñas, nunca: no se piden, no se guardan y tampoco la semilla de tu doble factor. Se trabaja siempre con accesos delegados, que es lo que las herramientas de Google ya ofrecen de serie y lo que puedes revocar tú cuando quieras, sin avisar a nadie. Y el acceso es el mínimo que el agente necesite para lo que le pidas: si solo tiene que agendar, solo ve el calendario. Esta regla te protege a ti antes que a nosotros: si entráramos con tu usuario, los registros no distinguirían lo que hizo el agente de lo que hiciste tú.

Para eso lleva guardianes de seguridad: límites escritos sobre lo que puede decir, lo que no y hasta dónde puede actuar. No improvisa precios ni compromisos, y cuando una consulta se sale de su guion deriva a una persona en lugar de inventarse la respuesta. Todas las conversaciones quedan auditables, así que puedes leer lo que contestó y corregir el guion. Y las decisiones con consecuencias las sigue tomando tu equipo: el agente atiende, recoge y agenda; no concede ni deniega nada.

Porque son dos cosas distintas, y juntarlas en un solo número sería más cómodo de vender pero menos honesto. La mensualidad es tu agente: su mantenimiento, sus ajustes y sus canales. El consumo es lo que cuesta la inteligencia artificial que lo mueve, y funciona así: sin límite de conversaciones, pagas lo que usas, y el precio de un día tiene techo. Por eso el día que atiendes a mil personas no se te va de las manos. En la página de precios hay una tabla con rangos aproximados por presupuesto, para que te hagas una idea antes de firmar nada.

Campañas de Google Ads

A Google, y desde tu propia cuenta de Google Ads, que está a tu nombre. K3A cobra la gestión y trabaja con acceso delegado. Así ves en qué se gasta cada euro y, si algún día dejas de trabajar con nosotros, la cuenta y todo su historial se quedan contigo.

No hay una cifra que valga para todos: depende de lo que cueste el clic en tu sector, y eso cambia mucho de un mercado a otro. Lo que sí hay es un suelo, y conviene saberlo antes: el presupuesto diario tiene que dar para varios clics al día. Por debajo de eso la campaña no reúne datos suficientes para decidir nada — pagas, pero no aprendes. La cifra de tu caso sale de la investigación, antes de encender nada. Y recuerda que esa inversión es tuya y va a Google: la mensualidad de gestión es aparte y la tienes en la página de precios.

Porque con presupuestos de decenas de euros al día no hay margen para que el sistema experimente con tu dinero. Cada euro que se va en un título que nadie escribió o en una palabra clave que nadie pidió es un euro que no trae cliente. Así que los activos automáticos van desactivados: Google solo puede combinar material que hemos escrito nosotros. Lo que ganas con eso es saber exactamente qué dice tu anuncio cada vez que alguien lo ve, y eso importa de verdad cuando el sector es sensible o hay marcas de terceros en juego.

Se mira lo que es negocio, no lo que luce: contactos reales —mensajes, llamadas, formularios—, cuánto cuesta cada uno, qué búsquedas los traen y qué proporción de clics acaba en contacto. Si esa proporción no sube, no hay negocio, y se te dice. De tu lado solo pedimos recuentos, nunca registros: cuántas citas o ventas hubo cada mes, de dónde venían y de qué servicio. Sin nombres, sin teléfonos y sin historiales — con cuatro números al mes se cruza el resultado real con la campaña, y así no hace falta entrar en tu sistema ni manejar los datos de tus clientes.

Primero se audita la que tienes: cómo está estructurada, qué palabras clave usa, qué está buscando de verdad la gente que llega y en qué se está yendo el presupuesto. De ahí sale si se arregla o se rehace, y se te dice con los datos delante en vez de rehacerla por norma. Lo que aparece una y otra vez es presupuesto fugándose en búsquedas que no son de tus clientes, y limpiar eso suele ser lo más rentable de todo el montaje, sin poner un euro más. Lo que no entra en la gestión es rehacer la web: si el problema está ahí, se presupuesta aparte y con el alcance por escrito.

Webs que convierten

Primero se mira si la que tienes convierte, porque una campaña sobre una web que no convierte quema dinero. Si convierte, se trabaja sobre ella: cuando está hecha en código nativo hay una implementación de posicionamiento para webs que ya existen. Y si el problema es la web misma, lo verás en un presupuesto aparte y con el alcance por escrito, no en una factura sorpresa.

Que el diseño trabaje para ti antes de que nadie lea un párrafo. En los primeros segundos el visitante no lee: mira, y decide qué siente. Así que se diseña para eso — captar su atención y transmitirle la emoción que tu marca quiere dejar, sea confianza, cercanía o solvencia — con el color, las imágenes, el ritmo y el orden de lo que se ve primero. El texto llega después y apoya lo mismo. Y no se trata de «verse bonita»: cada decisión se toma con la conversión delante, porque una web que gusta y no convierte no ha servido de nada.

Que la web está escrita a mano, sin capas de software intermedio que haya que cargar en cada visita. Lo que ganas con eso son tres cosas concretas: carga rápido —y la velocidad es a la vez experiencia de uso y posicionamiento—, se puede estructurar como el buscador necesita en lugar de como permita una herramienta, y queda lista para engancharle automatizaciones o un agente de IA cuando lo necesites. Lo que no lleva de serie es un panel para retocarla tú cada tarde: si eso es lo que quieres, dilo al principio y se decide con esa condición encima de la mesa.

Se construye para que nada salga hacia un tercero antes de que el visitante lo permita, y eso es más difícil de lo que parece: una tipografía o un script cargados desde el servidor de otra empresa envían la dirección IP de tu visitante antes de que el aviso de cookies haya podido preguntarle nada. Así que los recursos se sirven desde tu propio dominio, y el aviso gobierna de verdad las etiquetas de analítica y publicidad: si el visitante no acepta, no se cargan. Esta misma web está hecha así y puedes comprobarlo.

Porque «una web» pueden ser cinco páginas o cincuenta, con los textos escritos o por escribir, con una integración o con cuatro. Dar una cifra fija sin saber eso es inflarla por si acaso o quedarse corto y recortar por el camino. Lo que sí se cierra es el alcance: antes de presupuestar se fija qué páginas, qué textos y qué integraciones entran, y eso va por escrito. A partir de ahí el precio no se mueve, y lo que se pida de más se presupuesta aparte en lugar de aparecer en la factura.

Aplicaciones web progresivas

No necesita pasar por las tiendas: se construye como aplicación web progresiva y se instala en el móvil y en el escritorio desde el navegador, con su icono. Se actualiza sola, sin esperar la revisión de nadie. Si tu caso necesita de verdad estar en las tiendas, se puede empaquetar para ellas.

Normalmente sí, y si es tu caso te lo decimos. Antes de construir nada se mira si una herramienta estándar resuelve tu proceso, porque sale más rentable para ti: mantenerla no es tu problema y el precio está repartido entre miles de clientes. A medida tiene sentido cuando ya has probado lo estándar y hay pasos de tu operación que ningún programa cubre bien, o cuando el parche que montaste para taparlo ya no aguanta el crecimiento. Y si lo que necesitas es implantar y personalizar un CRM o un ERP, eso es otro de nuestros servicios y suele ser el camino más corto.

Sí, y hoy sin pasar por las tiendas. Instalada desde el navegador se comporta como una aplicación —su icono, pantalla completa, sin barra de direcciones— y desde ahí llega a la cámara, a la ubicación y a subir y descargar archivos, igual en Android que en iPhone. Las notificaciones también, con un detalle del iPhone que conviene saber: solo llegan si está instalada en la pantalla de inicio, no desde una pestaña de Safari. Empaquetarla para Google Play y la App Store se hace por otro motivo: para que se encuentre en la tienda, o si tu caso necesita algo que el navegador todavía no alcanza, como Bluetooth o NFC.

La aplicación, no. El proceso, sí. No hace falta que traigas la herramienta entera pensada: se empieza construyendo lo mínimo que ya te genera valor, lo prueba tu equipo y crece con el uso. Lo que sí hace falta es tener claro el proceso que quieres digitalizar, porque digitalizar un desorden lo deja igual de desordenado y más caro de cambiar. Si todavía no lo está, se ordena primero — y a veces ahí se descubre que el cuello de botella se resolvía con una integración simple y no hacía falta ninguna aplicación.

Escribir el código es la parte que la IA ya hace bien, y nosotros la usamos también: aquí no se venden horas de teclear. Lo que no resuelve sola es lo de antes y lo de después: entender tu operación para saber qué construir, decidir qué NO construir —que ahorra más dinero que lo primero— y responder por el resultado el día que algo falle en mitad de tu jornada. Si tienes el proceso claro y ganas de pelearte con ello, adelante, y en serio. Si lo que quieres es que el problema desaparezca y que haya alguien a quien llamar, eso es lo que se contrata aquí.

Sistemas de gestión

El CRM ordena lo que pasa con tus clientes: quién preguntó, en qué punto está, qué se le prometió. El ERP ordena la empresa por dentro: ventas, compras, facturas, inventario. Casi ningún negocio pequeño necesita los dos a la vez; se empieza por donde más duele y se deja preparado para que el otro entre después.

Principalmente con Notion, Zoho y Odoo, y según el alcance podemos valorar otra tecnología. Pero la herramienta se elige al final, no al principio: primero se mapea cómo funciona tu negocio de verdad y qué necesitas poder ver, y de ahí sale cuál encaja. Elegirla antes es lo que acaba en un negocio deformado para caber en un programa. Y si ya tienes preferencia o licencia de alguna, se parte de ahí y se te dice si sirve para tu caso.

No necesariamente, y lo primero es averiguar si el problema está en la herramienta o en el proceso que se metió dentro de ella, porque no es lo mismo ni cuesta lo mismo. Así que se mapea cómo trabajáis de verdad y se limpia: quitar los pasos que no hacen falta antes de digitalizarlos. Después se decide si lo que tienes se reconfigura o se cambia. Cambiar de sistema sin arreglar el proceso solo traslada el problema a otra pantalla.

Es el riesgo real de estos proyectos, y por eso la puesta en marcha no termina el día de la entrega: se deja el sistema listo para operar, se forma al equipo y se ajusta con uso real durante las primeras semanas, que es cuando sale a la luz lo que en teoría funcionaba y en la práctica estorba. Y hay una parte que no podemos poner nosotros: si la idea es instalar un CRM sin cambiar ningún hábito, no va a funcionar, y preferimos decírtelo antes que cobrarlo.

Porque son dos trabajos distintos. La implementación es montar el sistema sobre tu proceso: configurarlo, definir etapas, permisos, vistas e informes, y dejar al equipo usándolo. Ese trabajo es conocido, así que se puede presupuestar con una referencia. Un desarrollo a medida es programar algo que el sistema no trae de serie, y ahí el precio depende de qué sea exactamente: se mira primero y se presupuesta después. Lo que no hacemos es dar una cifra al aire y corregirla a mitad del proyecto.

Integraciones y automatizaciones

En la mayoría de los casos sí, porque las herramientas de hoy suelen tener una puerta de entrada para otros programas. Lo primero del trabajo es comprobarlo en las tuyas y decírtelo antes de presupuestar: si alguna no se deja conectar, se busca el camino que sí existe, o se dice que no lo hay.

Se empieza midiendo dónde se va el tiempo y dónde se cometen errores, y se ordena por lo que da más resultado con menos esfuerzo, no por lo que resulta más llamativo. Lo primero suele ser lo aburrido: el dato que se copia de un sitio a otro, el aviso que alguien tiene que acordarse de mandar, el informe que se arma a mano cada semana. Y hay un filtro honesto: si una tarea te lleva cinco minutos y la haces dos veces al mes, automatizarla no se paga. Tiene que haber volumen para que esos cinco minutos pesen a final de mes.

Para un paso suelto, muchas veces sí, y si es tu caso te lo decimos. La diferencia aparece cuando el proceso tiene varios pasos, excepciones y gente distinta implicada: ahí no basta con conectar una cosa con otra. El flujo se diseña con cuatro piezas —qué lo dispara, qué hace, cómo se comprueba que se hizo y quién responde si no se hizo— y las dos últimas son las que se quedan fuera cuando se monta algo con prisa. Una automatización que nadie vigila es la que te deja tirado el mes que importa.

Depende de tu caso, y como te afecta se decide contigo. Si ya tienes tus propias herramientas, lo normal es que viva en tu cuenta: tus credenciales, tu control y tu factura, y nosotros cobramos el diseño del flujo. Si eres un negocio pequeño y no tienes nada montado, puede vivir en nuestra infraestructura y la operamos nosotros —no se abre a terceros, por seguridad— y en ese caso va dentro del precio, porque es un coste y un riesgo que asumimos, no un favor incluido.

Es la pregunta correcta, y la respuesta depende de qué dispare el flujo. Lo que arranca con un evento —entra una consulta, se paga algo, alguien rellena un formulario— falla de forma ruidosa: se nota el mismo día, porque había alguien esperando ese aviso. Lo que arranca a una hora falla en silencio: el informe del lunes simplemente no llega, y pueden pasar semanas sin que nadie lo relacione. Por eso cada flujo lleva escrito quién responde si no se ejecuta, y por eso lo que depende de la hora se monta en tu cuenta, donde tú también lo ves.

Precios

Porque dónde está tu proyecto es un dato del encargo, no un descuento: cambian el poder de compra y lo que cuesta operar en cada mercado. En la página de precios eliges dónde está el tuyo y ves la lista que te corresponde, con las dos a la vista para que puedas compararlas.

Lo deducimos de la zona horaria de tu dispositivo, no de tu dirección IP: así no leemos ningún dato tuyo y no hay nada que guardar. Y es una preselección, no una decisión — el selector está siempre a la vista y lo cambias con un clic. Las dos listas están en la página a la vez, así que puedes compararlas sin fiarte de lo que te hayamos preseleccionado.

Porque son dos cosas distintas y conviene no mezclarlas. Un precio sin «desde» es un importe exacto: eso es lo que cuesta. Un precio con «desde» es un suelo, porque ese trabajo depende de la complejidad: se parte de ahí y la cifra final sale del alcance que cerremos por escrito. Lo distinguimos en lugar de poner «desde» en todo, que es lo cómodo, porque entonces ningún precio de la página significaría nada.

Porque K3A factura siempre en euros, y cotizar en una moneda para luego facturar en otra te obliga a convertir dos veces y deja la sensación de que el precio cambió por el camino. Con las dos listas en euros, lo que ves en la página es lo que va a decir la factura. Y el ajuste por mercado ya está hecho dentro de la lista: no hay que ir a buscarlo al tipo de cambio.

Las condiciones van en el presupuesto, por escrito y antes de empezar: importe, alcance y plazos, así que no hay nada que descubrir después. Y sí, se puede negociar un plan de pagos si lo necesitas; dilo al presupuestar y se monta ahí. La otra cara de que el alcance esté cerrado es que lo que no esté en ese presupuesto no aparece en la factura: si a mitad quieres añadir algo, se presupuesta aparte y decides tú.